Por Federico La Mont Campos

Indefinición: La sombra de la violencia en el Estado de México dejó de ser un rumor de pasillo para convertirse en una realidad que incluso lacera a sus símbolos más sagrados. El atentado reciente en las Pirámides de Teotihuacán no fue solo un acto aislado, sino una muestra de la vulnerabilidad que tocó el patrimonio histórico de la nación. Que un sitio de importancia mundial sea escenario de ataques directos revela que el control territorial por parte del Estado se encuentra en crisis de inseguridad reflejo de una responsabilidad ineludible de la administración estatal, pues cuando el crimen se atreve a profanar los centros turísticos y culturales más vigilados del país, el mensaje es claro: no hay zonas de tregua ni perímetros seguros bajo la actual gestión mexiquense.

Gobernabilidad: Ante este panorama, la pregunta sobre si la gobernadora Delfina Gómez se encuentra rebasada por la criminalidad dejó de ser una crítica partidista para transformarse en una preocupación ciudadana perenne. A pesar de las promesas de transformación y de un cambio en la estrategia de pacificación, los indicadores de delitos de alto impacto, como la extorsión y el homicidio doloso, sugieren que la maquinaria estatal se mueve a un ritmo mucho más lento que la evolución de las bandas delictivas. La percepción de un gobierno rebasado no solo nace de las cifras, sino de la aparente incapacidad para reaccionar con contundencia ante eventos que desafían directamente la autoridad estatal lo cual refleja que la actual política de seguridad es más reactiva que preventiva, y que la silla de mando en el Palacio de Lerdo de Toluca no termina de encontrar el pulso para frenar la inercia violenta heredada y acrecentada.

Vacío: Esta pérdida de control no es homogénea, pero sí se extiende de manera alarmante a lo largo de las diversas ocho regiones que componen la entidad que dividen al Estado de México entre las cuales cinco presentan niveles de alerta roja donde las fuerzas del orden parecen ceder el paso al gobierno de facto de los grupos criminales. Por ejemplo: La región de Tierra Caliente, el Valle de México y la zona sur del estado son territorios donde el flagelo de la inseguridad dicta nuevas normas de convivencia económica y social En estas áreas, la entidad se ve superada no solo en potencia de fuego, sino en inteligencia, permitiendo que el cobro de piso y el control de precios de productos básicos se conviertan en la ley cotidiana ante la mirada impotente o cómplice de las autoridades locales y estatales.

Gobierno alternativo: Dentro de esta geografía del miedo, municipios como Ecatepec, Chimalhuacán, Naucalpan y Tultitlán lideran la ola criminal nacional. Ecatepec es el epicentro de la violencia de género y el robo, mientras que Naucalpan es visto en condición degradación acelerada de su seguridad pública debido a la disputa de plazas para el narcomenudeo. De estos puntos radica en su densidad poblacional y su conectividad, lo que facilita el anonimato y la fuga de los delincuentes. En este contexto de inestabilidad, llama la atención que la administración de Delfina Gómez ya sume dos secretarios de Seguridad en un periodo relativamente corto. El primer titular, Andrés Andrade Téllez, salió del gabinete tras una serie de deslices operativos y una falta de coordinación que minó la confianza en su gestión. Su relevo Cristóbal Castañeda Camarillo, llegó con la vitola de experto tras su paso por Sinaloa, enfrentando el reto titánico de limpiar una corporación infiltrada y recuperar territorios que parecen perdidos. La complejidad del conflicto mexiquense se entiende mejor al analizar el tablero de ajedrez que representan los grupos del crimen organizado en la entidad. El Estado de México es hoy un campo de batalla multiforme donde la Familia Michoacana mantiene un dominio férreo en el sur y el oeste, imponiendo un régimen de terror basado en la extorsión agrícola y comercial. Sin embargo, no están solos; el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) penetró con fuerza en los municipios colindantes con la Ciudad de México, buscando el control de las rutas logísticas y el mercado de consumo masivo. A estos gigantes se suman células remanentes de los Caballeros Templarios y grupos locales como la Unión Tepito que se desborda desde la capital, además de bandas independientes dedicadas al huachicoleo en las zonas norteñas. Esta fragmentación criminal convierte al Edomex en un polvorín donde las alianzas cambian y la violencia se recrudece en cada esquina.