Por Federico La Mont Campos
Choque generacional: El tablero político de Sonora perfila una colisión de simbolismos donde la memoria histórica y la disputa por el poder se entrelazan de forma casi novelesca: el eventual asalto de Luis Donaldo Colosio Riojas por la gubernatura bajo las siglas de Movimiento Ciudadano frente a la estructura hegemónica construida por Alfonso Durazo Montaño. Para el mandatario estatal, la irrupción del senador representa un espejo incómodo que reabre episodios nunca cicatrizados. Durazo, quien construyó su trayectoria al brincar del círculo íntimo del malogrado candidato presidencial priista a la secretaría particular de Vicente Fox en el sexenio panista, y de ahí al cobijo de la Cuarta Transformación, carga con viejas leyendas del poder. En los corrillos de la vieja guardia política persiste el relato de que, de no consumarse el magnicidio de Lomas Taurinas en 1994, Durazo sería removido de su cargo por Jorge Moreno Collado por severas fricciones internas en el equipo de campaña; un desenlace truncado que finalmente derivó en su acomodo pragmático en la Dirección General de Comunicación Social de la Secretaría de Gobernación bajo las órdenes de Esteban Moctezuma Barragán. Tres décadas después, el heredero del apellido busca cobrar factura electoral a quien fuera el guardián de la agenda de su padre, configurando un duelo donde la legitimidad del linaje confronta al pragmatismo burocrático de un superviviente de todas las transiciones partidistas.
Cuentas: En el terreno cuantitativo, la gubernatura sonorense se define en una franja urbana compacta donde la enorme dispersión geográfica del desierto y la sierra queda supeditada al peso demográfico. Con una lista nominal que supera los 2.2 millones de electores y una participación histórica que suele rondar entre el 44% y el 51%, el umbral matemático para coronarse en el Palacio de Gobierno oscila entre los 480 mil y 520 mil votos, tal como lo demostraron Claudia Pavlovich en 2015 con cerca de 486 mil sufragios y el propio Durazo en 2021 al rebasar los 496 mil apoyos en las urnas. La contienda no se resuelve en las 72 alcaldías por igual, sino en seis enclaves estratégicos que concentran más del 75% del padrón electoral: Hermosillo la joya de la corona que por sí sola aporta casi un tercio de la votación total, Cajeme con cabecera en Ciudad Obregón, la frontera de Nogales, San Luis Río Colorado, Navojoa y el puerto de Guaymas. Quien logra amarrar la capital sonorense y consolida una ventaja sólida en el corredor del Valle del Yaqui prácticamente sella el destino de la elección, convirtiendo al resto de los municipios en un ejercicio de contención territorial donde los bastiones rurales apenas amortiguan las caídas en las grandes urbes.
Riesgo: La viabilidad de la continuidad oficialista, sin embargo, tropieza con el severo desgaste del ejercicio gubernamental y un clima de profunda descomposición en seguridad pública. La gestión de Alfonso Durazo avanza con calificaciones ciudadanas que apenas rondan la medianía, castigada por el persistente contraste entre las promesas de transformación económica y una realidad cotidiana asfixiada por la violencia, a lo que se suma el malestar social generado por los desplantes y señalamientos hacia su hijo, Alfonso Durazo Chávez, cuya ostentación pública y la ventilada revocación de su visa estadounidense alimentaron severas suspicacias en la opinión pública fronteriza. Este costo moral se agrava ante la incapacidad institucional para someter a las organizaciones delincuenciales que controlan regiones enteras de la entidad: la sangrienta pugna entre Los Salazar y facciones leales a Los Chapitos en la zona centro y sur; las células operativas de Los Cazadores y Los Pelones; los remanentes del Cártel de Caborca disputando a balazos la ruta del desierto y el trasiego de fentanilo en Altar, Pitiquito y San Luis Río Colorado; así como las violentas incursiones en Cajeme y Guaymas-Empalme con presencia del Cártel Jalisco Nueva Generación. Sonora llega a la antesala de su definición electoral sumida en una cartografía de plomo y con un electorado polarizado entre el peso del pasado y el desencanto del presente.





